Son pasadas las once de la noche, el sonido del viento se filtra en mi habitación atravesando las pequeñas ventanas, mezclándose con el ruido del ventilador en el techo me impiden dormir, el pijama pegado a mi cuerpo por la humedad, el ventilador no es suficiente, ayuda a bajar de 2 grados el calor, pero cuando pasas de 47 a 45 grados la diferencia apenas se percibe. Más bien lo uso para espantar a los pequeños mosquitos. Y aquí estoy otra vez, en un pueblo perdido llamado Biltine al noreste de Chad, en la zona de los Ouadais, sentada en mi cama rodeada de la mosquitera que me protege contra todos los insectos o bichos que me puedan atacar, me siento como en una caja blanca, mejor dicho en una nube, me permito el lujo de volar, o al menos mi imaginación, esta noche me permito un poco de nostalgia, miro por la ventana y el horizonte es inmenso, mi vista abarca todo lo básico que me rodea, pequeñas casas de arquitectura árabe, compuestas en su mayoría de una pieza, casitas de barro y pequeños ladrillos. A lo más lejos nos rodean montañas no tan altas, cada domingo el equipo elige una para subir a la cima y hacer un pequeño picnic, y luego las bautizan con el nombre de la persona que la eligió, mañana bautizare a la que será ‘Mountain Majda’
Vine de visita aquí al proyecto, llevo más de un mes queriendo visitar a
todos los proyectos, pero por gaps y por falta de avionetas mi ‘tour’ se ha ido
aplazando. Después de Biltine me toca Amtiman, Aboudeia en coche (ya tengo
ganas de atravesar el desierto en el hartop) atravesando un Wadi en zodiac (eso
sí sería muy chulo) y en ultimo Bokoro en un 4x4 antes de volver a casa.
Vine queriendo ver lo que hacemos realmente aquí, se que tratamos la
malnutrición, pero estar en la capital mandando todo el material logístico
necesario, la comida terapéutica y los medicamentos, encargando generadores a
Amsterdam, no es lo mismo que venir aquí y ver para que se usan. Visitar al
hospital suele ser lo primero que hago y como siempre cuesta salir de allí,
entras allí y ves a esos bebes con malnutrición severa además de complicaciones
medicas como malaria o diarrea y no puedo evitar sentirme impotente, sentirme
culpable por las condiciones de vida que tengo, por no poder hacer mas, entro
en la tienda de los casos severos y tengo miedo de tocar a algún bebe, son tan
frágiles y delgados que parece que se van a romper, las costillas son tan
visibles que parece que en cualquier momento se va a desgarrar su piel, llorando
en todo momento, los enfermeros pasando más de 30 minutos buscando una vía, esos
pequeños bebes que te miran con tanto dolor como implorándote que lo pares y yo
ahí lo único que puedo hacer es acariciar su cabecita pidiendo perdón por haber
nacido en un país diferente, intentando aliviar su angustia mientras rezo para
que el tratamiento haga efecto y que los contenedores de comida terapéutica que
recibimos cada mes puedan llegar a tiempo. Ya hemos tratado 1800 bebes en 4
meses, que es el 60% del objetivo asignado en esta emergencia.
Pero no siempre se llega a ayudar, a veces te quedas de una pieza cuando
una madre te dice ‘no puedo quedarme aquí con el bebe, tengo 4 que me esperan
en casa’ o ‘si se muere haremos otro’ como si se tratara de una fábrica, como
le explicas a esta mujer que su hijo necesita de ella y que no lo puede abandonar
o llevarlo en este estado, o la otra que te trae un hijo cuando ya no se puede
hacer nada porque prefirió usar la medicina tradicional antes de traerlo al
centro??
En medio de un país donde la falta de comida es cada vez más visible, donde
los países vecinos han aumentado las tasas de importación, donde la situación
política y militar en Mali afecta la llegada de camiones de comida, y donde
toda la gente que estuvo trabajando en Libia tuvo que volver después de la
crisis política, la pobreza es más flagrante, y la falta de lluvia tampoco
ayuda a una población en su mayoría compuesta de nómadas que se pasan la vida
viajando, sentada en la puerta de la casa ves a una decena de camellos pasando
transportando lo poco que tienen, dirigiéndose hacia algún pueblo donde puedan
descansar antes de seguir viajando.
En medio de todo esto, de este pueblo donde aun los niños siguen sonriendo
jugando con palitos y corriendo hacia ti cada vez que sales de casa y felices
por el simple hecho de estrecharte la mano y decirte ‘Bonjour ca va’ que es lo
único que saben decir en francés, y luego les hace gracia escucharte hablar por
la radio, comunicando con la base que está a 200 metros para decir que has
salido de casa dirección ‘Bravo Base’. Que diferente y injusto es el mundo,
cuando mas tenemos más avaros somos y más individualistas somos, y te cruzas
con esta gente que tiene tan poco
dispuesta a dártelo y hacer que te sientas cómoda, apenas llegue el
cocinero sabiendo que hago el ramadán me viene a preguntar si quiero algo
especial para comer, y al día siguiente la mujer de limpieza me dice que me
hará ‘beignets’, el chofer me trae dátiles, y el guardia me viene a avisar que
ya ha bajado el sol entonces puedo comer, tan pendientes de hacer que te
sientas como en casa sin que sea parte de su trabajo.
Vine buscando ayudar, y creo que ellos me están ayudando a mí, aquí no hay
ruidos, solo tranquilidad y belleza, ver al sol desaparecer tiñendo el cielo de
un color naranja, la brisa fresca que te golpea la cara, una comunidad tranquila
y reservada, vuelvo a tener el silencio, vuelvo a disfrutar de la lectura que
deje de lado, de escuchar mi música favorita, de pasear en el campound
sintiendo la arena en mis pies, de ducharme con agua fría y un cubo, lo único
que me cuesta son las letrinas, vuelvo a las habitaciones básicas sin ningún
lujo, en una casa donde poder conectar el DVD a la tele para mirar Vicky
Cristina Barcelona es todo un evento social para el equipo, fumar un cigarrillo
en la oscuridad de la noche teniendo como sonido el soplar del viento o el
burro del vecino. La belleza de la vida a veces se esconde en los sitios más
abandonados
