13 agosto 2012

Alla En El Sahel


Son pasadas las once de la noche, el sonido del viento se filtra en mi habitación atravesando las pequeñas ventanas, mezclándose con el ruido del ventilador en el techo me impiden dormir, el pijama pegado a mi cuerpo por la humedad, el ventilador  no es suficiente, ayuda a bajar de 2 grados el calor, pero cuando pasas de 47 a 45 grados la diferencia apenas se percibe. Más bien lo uso para espantar a los pequeños mosquitos. Y aquí estoy otra vez, en un pueblo perdido llamado Biltine al noreste de Chad, en la zona de los Ouadais, sentada en mi cama rodeada de la mosquitera que me protege contra todos los insectos o bichos que me puedan atacar, me siento como en una caja blanca, mejor dicho en una nube, me permito el lujo de volar, o al menos mi imaginación, esta noche me permito un poco de nostalgia, miro por la ventana y el horizonte es inmenso, mi vista abarca todo lo básico que me rodea, pequeñas casas de arquitectura árabe, compuestas en su mayoría de una pieza, casitas de barro y pequeños ladrillos. A lo más lejos nos rodean montañas no tan altas, cada domingo el equipo elige una para subir a la cima y hacer un pequeño picnic, y luego las bautizan con el nombre de la persona que la eligió, mañana bautizare a la que será ‘Mountain Majda’

Vine de visita aquí al proyecto, llevo más de un mes queriendo visitar a todos los proyectos, pero por gaps y por falta de avionetas mi ‘tour’ se ha ido aplazando. Después de Biltine me toca Amtiman, Aboudeia en coche (ya tengo ganas de atravesar el desierto en el hartop) atravesando un Wadi en zodiac (eso sí sería muy chulo) y en ultimo Bokoro en un 4x4 antes de volver a casa.

Vine queriendo ver lo que hacemos realmente aquí, se que tratamos la malnutrición, pero estar en la capital mandando todo el material logístico necesario, la comida terapéutica y los medicamentos, encargando generadores a Amsterdam, no es lo mismo que venir aquí y ver para que se usan. Visitar al hospital suele ser lo primero que hago y como siempre cuesta salir de allí, entras allí y ves a esos bebes con malnutrición severa además de complicaciones medicas como malaria o diarrea y no puedo evitar sentirme impotente, sentirme culpable por las condiciones de vida que tengo, por no poder hacer mas, entro en la tienda de los casos severos y tengo miedo de tocar a algún bebe, son tan frágiles y delgados que parece que se van a romper, las costillas son tan visibles que parece que en cualquier momento se va a desgarrar su piel, llorando en todo momento, los enfermeros pasando más de 30 minutos buscando una vía, esos pequeños bebes que te miran con tanto dolor como implorándote que lo pares y yo ahí lo único que puedo hacer es acariciar su cabecita pidiendo perdón por haber nacido en un país diferente, intentando aliviar su angustia mientras rezo para que el tratamiento haga efecto y que los contenedores de comida terapéutica que recibimos cada mes puedan llegar a tiempo. Ya hemos tratado 1800 bebes en 4 meses, que es el 60% del objetivo asignado en esta emergencia. 
Pero no siempre se llega a ayudar, a veces te quedas de una pieza cuando una madre te dice ‘no puedo quedarme aquí con el bebe, tengo 4 que me esperan en casa’ o ‘si se muere haremos otro’ como si se tratara de una fábrica, como le explicas a esta mujer que su hijo necesita de ella y que no lo puede abandonar o llevarlo en este estado, o la otra que te trae un hijo cuando ya no se puede hacer nada porque prefirió usar la medicina tradicional antes de traerlo al centro??

En medio de un país donde la falta de comida es cada vez más visible, donde los países vecinos han aumentado las tasas de importación, donde la situación política y militar en Mali afecta la llegada de camiones de comida, y donde toda la gente que estuvo trabajando en Libia tuvo que volver después de la crisis política, la pobreza es más flagrante, y la falta de lluvia tampoco ayuda a una población en su mayoría compuesta de nómadas que se pasan la vida viajando, sentada en la puerta de la casa ves a una decena de camellos pasando transportando lo poco que tienen, dirigiéndose hacia algún pueblo donde puedan descansar antes de seguir viajando.
En medio de todo esto, de este pueblo donde aun los niños siguen sonriendo jugando con palitos y corriendo hacia ti cada vez que sales de casa y felices por el simple hecho de estrecharte la mano y decirte ‘Bonjour ca va’ que es lo único que saben decir en francés, y luego les hace gracia escucharte hablar por la radio, comunicando con la base que está a 200 metros para decir que has salido de casa dirección ‘Bravo Base’. Que diferente y injusto es el mundo, cuando mas tenemos más avaros somos y más individualistas somos, y te cruzas con esta gente que tiene tan poco  dispuesta a dártelo y hacer que te sientas cómoda, apenas llegue el cocinero sabiendo que hago el ramadán me viene a preguntar si quiero algo especial para comer, y al día siguiente la mujer de limpieza me dice que me hará ‘beignets’, el chofer me trae dátiles, y el guardia me viene a avisar que ya ha bajado el sol entonces puedo comer, tan pendientes de hacer que te sientas como en casa sin que sea parte de su trabajo.
 Vine buscando ayudar, y creo que ellos me están ayudando a mí, aquí no hay ruidos, solo tranquilidad y belleza, ver al sol desaparecer tiñendo el cielo de un color naranja, la brisa fresca que te golpea la cara, una comunidad tranquila y reservada, vuelvo a tener el silencio, vuelvo a disfrutar de la lectura que deje de lado, de escuchar mi música favorita, de pasear en el campound sintiendo la arena en mis pies, de ducharme con agua fría y un cubo, lo único que me cuesta son las letrinas, vuelvo a las habitaciones básicas sin ningún lujo, en una casa donde poder conectar el DVD a la tele para mirar Vicky Cristina Barcelona es todo un evento social para el equipo, fumar un cigarrillo en la oscuridad de la noche teniendo como sonido el soplar del viento o el burro del vecino. La belleza de la vida a veces se esconde en los sitios más abandonados